jueves 11 de agosto de 2011
A orillas del naufragio (Fabiana Alonso)
Fue en ese día en que nos sentamos a pactar la rendición,
de un lado ellos y del otro, nosotros:
Toro Sentado, Oso que Corre, Caballo Blanco…
en un día frío en que la lana de los ponchos no alcanzaba
y no había más que una línea común dibujada en nuestras bocas.
Más tarde, al pie de la torre Eiffel se revolvían los ojos y
ni los desgraciados lloraban sus desgracias.
Y luego cerraron las tiendas por el temblor en San Francisco
y todo fue abismo y no faltó tiempo para los saludos
de Villa y Zapata y al delicado juego se sumó Lenin
hablando a las tropas bolcheviques
y entonces maldita la suerte que me arrancó las manos
del dolor de mi cara cuando arrasaron a Guernica
y con ella nuestros nombres.
¿Certidumbres? ¿Quieren certidumbres?
Estuve con Stalin, Roosevelt y Churchill y la ola
se volvió débil y más débil el cuerpo al gritar
en el desembarco de Normandía
y los rusos colocaron su bandera en Berlín y las tropas aliadas
se agigantaban como abanicos de fuego
y el fuego llegó hasta Hiroshima
mientras acompañaba a Elizabeth Eckford a la corte
y eso fue en Arkansas y pasaron otros tantos años
cuando la radio decía que habían asesinado al presidente
y corrí a verlo, tendido boca abajo en el coche.
Y no voy a contar más aunque me pidan los labios en tiempos difíciles.
Estoy vieja en la urgencia del día
y había prometido mucho sin ser una Parca,
los hombres están en la luna,
hay una niña quemada en Vietnam
y es medianoche en la orilla.
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1 comentarios:
Con este comentario reinauguro esa vieja costumbre que perdí de comentar en blog. Perfecto. Perfectamente desolador.
Todos somos culpables.
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