el epílogo es un modo de final.
Me sorprendes en plena meditación.
Antes que todas las partes se pongan en marcha.
Es mucho mejor que me aprietes por la espalda si quieres escuchar lo que se mueve.
Que si te siento debajo del cielo (amplio, o eso, la inmensidad), posado sobre un extremo lejano, por un sólo punto en equilibrio, como un paraguas dibujadas nubes, y azules, y...
Debajo de eso todos los días los gusanos asomados, no está claro si con ojos, a plena luz.
Me quede lleno de paz, adivinando tu aliento sobre mi nuca.
Si fueras destinada tú,
a quitarme el sufrimiento, a sacarme los pies de entre las sábanas a lo más lejano.
En su postura de espera. A tocarme la frente, el pecho, a posar tu cara y que me digas por qué lugar el temblor retorna ondulado e impaciente.
No queda nada y lo sabes, ladrillos reducidos con su enfermedad que los hace tierra.
Un surco, arrastrando el barro, como lengua, un recuerdo del agua sumisa en forma de coleta. Nada es decir poco, por mucho que te figures.
Manos abiertas sobre la cama, los dedos reclinados hacía arriba sin afán de presa.
Sí.
Lo deseo.
Que levemente te poses, que aprendas a ser pluma, un poco de brisa sobre mi cuerpo enfermo.
Si vienes llévame contigo, a veces abro los ojos, y siento los tuyos arrugados, los pómulos descolgados, y un suave roce de fragancia de ayer.
Bajar hacía mi como cuando hueles la tierra después de la lluvia evaporada.
Es una postura quedarte quieta.
Ingrávida, no. Pero parece que me esperas en el último trance, el octavo paso.
Si me ves aún como en la lejanía es que estás en mi mundo.
Debo quedar acurrucado a contemplarte. Dulce el pecho que no se detiene al poner tu mano.
Ya sabes que hay cierto grado de ansiedad en la fatiga.
Deseo que te quedes unos instantes.
Hay una larga pausa.
Antes.





















































